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La Santa Caballería ( III )


martes, 13 de abril de 2010

Matar o Morir


Los hermanos guerreros estaban entrenados para matar y para morir. Jamás rehuían el combate. Al contrario, se internaban frontalmente en el corazón de la batalla. Su caballería destacaba en especial. Formada por jinetes preparados a conciencia, bregaba unida, en arremetidas tan compactas como contundentes, sin que sus componentes buscaran el honor personal. La destreza en la maniobra, el arrojo en la carga y la precisión en el golpe hicieron de los templarios los héroes de las cruzadas en acontecimientos como la batalla de Montgisard en 1177 o un asedio de Damieta en 1219, cuya suerte revirtieron a punta de habilidad y coraje.

Prueba de ese coraje darían los 80 miembros de la orden hechos prisioneros tras otro enfrentamiento, el de Safeto. Sin deserciones, como un solo hombre, prefirieron ser pasados por las armas a renegar de su fe. Los grandes maestres solieron servir de ejemplo en este sentido. De los 21 que hubo en la historia de la congregación, 13 perdieron la vida en la liza.

 Comprensiblemente, adversarios como estos preocupaban en gran modo a los musulmanes, al tiempo que les infundía un profundo respeto. Irreductibles, los templarios ni daban ni esperaban tregua en la pelea. No eran personajes importantes como individuos. Luchaban a sabiendas de que, en caso de ser capturados, ni su fraternidad ni nadie del bando cristiano iba a pagar un rescate, y eran conscientes de que probablemente acabarían degollados en el primer recuento de prisioneros. Aceptaban esta perspectiva con serenidad.

Eran gente tan aguerrida como devota. Pese a la fama que se ha achacado a la orden con posterioridad, repleta de complicadas fantasías esotéricas. Abrazaba un credo muy sencillo, en la tónica del hombre estándar medieval. Dios lo abarcaba todo y reinaba sobre la creación encarnada en la figura de Cristo. Éste era acompañado en su mandato por la Virgen María que, como patrona y señora de Temple, amparaba a sus caballeros y esperaba de ellos los mejores esfuerzos, a la manera de una soberana de la época. No sorprende con tales ideas que el mayor anhelo de los templarios consistiera en morir en batalla como mártires, defendiendo la cristiandad de sus malvados enemigos. El Cielo los premiaría con la vida eterna.
Es importante especificar en este punto que los templarios no eran monjes guerreros, sino lo opuesto: eran caballeros religiosos. Únicamente los hermanos capellanes se ordenaban sacerdotes, con el objeto de celebrar los servicios litúrgicos para los demás. Pero los miembros combatientes de la orden, aunque devotos, permanecían laicos para poder batallar—literalmente como soldados de Cristo—sin contravenir ni el espíritu ni la letra de las leyes eclesiásticas. Es cierto que todos los hermanos del Temple tomaban los votos monásticos: obediencia (al superior de la orden), castidad (carencia de relaciones sexuales) y pobreza (ausencia de bienes personales). También que, además, seguían la regla y vestían habito religioso. Sin embargo, al contrario que los monjes, ni vivían enclaustrados ni orando. Su vida no era contemplativa, sino activa. Su guerra interna, o espiritual, estaba al servicio de otra externa, o física, a favor de la cristiandad.

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